Este tipo ya estaba cayendo en lo mismo que hizo el anterior. Simplemente no hacia su trabajo. Entre todos le pagamos el sueldo y él no cumple.
Lo único que mantenía limpio era la entrada del edificio, pero ni hablar de los pasillos y menos del ascensor. Un olor putrefacto invadía a cada uno.
Eran solamente las 7 de la tarde, pero gracias al invierno, ya estaba oscuro. Invité al flojo de mi conserje a tomar una cerveza. Le dije, irónicamente, que se lo merecía. Mientras caminábamos hacia el bar que él siempre frecuentaba, le dije que su trabajo era pésimo y le sugerí que ojalá no volviera más. Se molesto y me elevó la voz. "Parece que la verdad duele", le dije. Se dejó llevar por su ira y me lanzó un puñetazo. Hombres más jóvenes y con mejor estado físico habían tratado de golpearme sin mucha suerte. Él menos lo haría.
Después de lanzarme el golpe, lo empujé para que cayera al suelo. Mientras estaba de espalda tirado, le di un fuerte golpe en el pecho. No lo aguantó, su corazón se detuvo casi inmediatamente. Quedó con una mirada perdida. Nunca me había salido tan fácil.
Lo lancé al canal. Un borracho más, un borracho menos ahogado importa bien poco creo yo. Menos suciedad en la calle.
Conserje
Cortacartón
La tomé del pelo mientras trataba de escapar. Un pedazo de cuero cabelludo quedó en mi mano. Ella sabía lo que le iba a pasar, no sé cómo averiguó quién era yo y a lo que me dedicaba secretamente.
Lancé su cabellera ensangrentada al suelo y traté de alcanzarla. A pesar de tener la cara bañada en sangre, ella seguía corriendo, tratando de aplazar lo inevitable.
Después de unos segundos la alcancé, la tiré al suelo. Me miró como pidiéndome compasión. Yo no tengo de eso.
Su hora iba a llegar tarde o temprano. Ella era mi compañera de oficina, la nueva, la que no sabía hacer bien su trabajo y que por culpa de ella yo debía quedarme hasta más tarde para arreglar todos los problemas que había hecho durante el día.
Inepta. Le dije que renunciara, pero sencillamente no me hizo caso. Ahora por tratar de chantajearme y por imbécil le tocaba morir.
Me saqué la chaqueta y le dije que se calmara, que todo iba a terminar muy luego. Le dije que esto lo debería haber hecho hace mucho tiempo, que si no fuera por su estupidez e ineptitud, todo habría salido mejor para ella.
Se largó a llorar. Tomé un cortacartón de la mesa de trabajo y le corté la garganta. Justo habían cambiado la hoja del cuchillo así que el corte fue limpio y rápido. Creo que ni siquiera lo sintió. Trataba de seguir llorando pero la sangre en sus pulmones no la dejaban.
Limpié todo, ordené la oficina y tomé su cuerpo. La fui a dejar donde siempre, en el río.
Mañana será un día fantástico, me podré ir temprano.
Flan
Salió de la nada y me puso el cuchillo en la espalda. “Pasa las lucas” me dijo. Creo que ya perdí la cuenta de cuántas veces me han intentado asaltar. Se notaba drogado y angustiado el tipo. Mientras sacaba mi billetera de la chaqueta noté que se empezó a desesperar. Siempre les pasa lo mismo, ven que el dinero se les acerca y se atontan. La droga les nubla el cerebro.
Cuando ya estaba por pasarle la billetera, y aprovechando que estaba distraído, le quité el cuchillo y se lo clavé por debajo del mentón. Era uno tamaño carnicero. La punta llegó al cerebro, cuando cayó al suelo, parte de su cerebro le salió por la boca, por el orificio que le quedó en el paladar. Era algo parecido a flan con salsa de frambuesa. Me acordé del comercial de la gordita vestida de sirvienta que corría para servir el flan a la familia.
Así de rápido llegan, así de rápido se van.
Amenazas
He estado recibiendo llamadas extrañas, diciéndome que me han visto, que saben lo que he hecho. Es una voz distorsionada típica de películas. Llaman, hablan y cortan. De verdad no me preocupa que sepan, incluso creo que en este caso es mucho mejor, porque saben a qué se enfrentan.
Es muy fácil amenazar por teléfono, pero es mucho más difícil hacerlo en persona y, sobre todo, cumplir esas amenazas.
Yo hago lo más difícil y me sale fácil.
Más te vale que cumplas tus amenazas, porque yo sí lo haré y mi diario es testigo y prueba.
Metro
No sé por qué me asombró. Debería haberlo imaginado. Aún no aprenden a dejar bajar antes de subir y no lo aprenderán jamás. La masa es tonta.
Venía saliendo del vagón del metro, no era hora punta, así que las estaciones estaban casi vacías. Solo habían pocas personas en los andenes. Pero un imbécil no me dejó bajar. Se colocó justo delante de la puerta entorpeciendo mi salida. "Deje bajar antes de subir" le dije antes de empujarlo para hacerme camino. Avancé y por la espalda me lanza un puntapié. Hacía tiempo que no me golpeaban y la última persona que me golpeó no lo volverá a hacer nunca más. Me di vuelta y le pregunté qué le pasaba. Me insultó de vuelta. Trató de lanzarme un manotazo pero lo esquivé y le tome la mano. Salió del carro para hacerme frente. Le torcí el brazo y lo empujé al suelo. Las puertas se cerraron y presioné uno de sus pies en el espacio que queda entre el vagón y el andén y pasó hacia abajo. Del tobillo hacia el pie estaba bajo el andén. Quedó enganchado. Le tapé la boca mientras el tren empezaba a avanzar. Su pie empezó a girar y a enrollarse. La pierna daba vueltas y vueltas hasta que se le zafó de la cadera, desgarrando sus músculos y piel. El tipo sudaba y la expresión de su cara era inefable.
Ya cuando el tren salía de la estación, lo empujé a la línea, justo en unos rincones al lado de los rieles. Creo que lo descubrieron después de que unos dos o tres trenes más pasaron.
Él aprendió que tenía que dejar bajar antes de subir, desgraciadamente no lo pudo poner nunca en práctica.
Anzuelo
Ladraba y ladraba toda la noche. Ya le habían dicho a esa persona que no se permitían mascotas en el edificio pero no entendía.
El maldito animal me mantenía despierto hasta la mañana. Había llegado a un punto en que era inaguantable.
Después de hablar con el administrador del edificio y darme cuenta que no tenía la más mínima intención de solucionar el problema decidí hacerlo a mi manera.
Una noche, muy tarde, esperé en mi balcón a que dejaran al perro en su casita, justamente en el balcón de ese departamento. Estaba un piso más arriba que el mío. Empecé lanzando un pedazo de carne con un anzuelo de pesca. El animal lo tomó con su hocico y quedó enganchado casi inmediatamente. Tiré de la cuerda y el perro cayó del balcón. No dejé que tocara el suelo, lo subí nuevamente y le saqué el anzuelo de su boca. Ahora sí lo dejé caer. Rebotó como dos veces. Un charco de sangre se formó y estuvo así toda la noche hasta la mañana siguiente, cuando un grito despertó a todos en el edificio. Acusaron la irresponsabilidad de la señora por tener a ese pobre animal viviendo en un balcón. Y el administrador del edificio estuvo por lo menos una semana sacando la mancha de sangre donde había caído el animal.
Ahora las noches son más tranquilas.
Postes
Iba tranquilo en mi auto de vuelta a casa después de un día de trabajo. Era tarde y habían pocos autos en la calle, casi todos estaban de vacaciones. En mi ruta tengo que pasar por varios sectores de la ciudad, algunos buenos y otros bien malos.
Llegaba a un semáforo cuando siento que rompen el vidrio de la puerta del pasajero y veo que un tipo se asoma y trata de tomar mi maletín.
Sabía que algún día podía pasar eso, así que siempre lo llevaba enganchado al asiento. No era llegar y tomarlo. Mientras forcejeaba por sacar mi maletín del asiento, agarré al tipo de las manos y empecé a acelerar. Una mano al volante y la otra afirmando al ladrón de mierda. Nunca se lo esperó. Me gritaba que lo soltara y me insultaba. Yo aceleraba más y más aprovechando las calles vacías de la noche.
Cuando ya llevaba una buena velocidad me acerqué a los postes, ahí empezó a gritar como condenado y me pedía que parara. Chocó con el primer poste y se le fracturó una pierna. Flameaba como una bandera al viento. Pasé por dos postes más y me quedé sólo con su brazo en el auto. Me devolví al lugar donde quedó tirado. Le faltaba una pierna también y aún respiraba, pero con dificultad. Agarré el brazo que había quedado en mi auto y lo empecé a golpear en la cabeza hasta que su mandíbula salió volando. Ya no respiraba... ni tampoco hablaba.