Tenedor

| 12.16.2008

La sangre llenaba las paredes y el suelo de la cocina. Ya era muy tarde para haberlo hecho de otra manera. Pero en verdad ese impulso de clavarle el tenedor en el cuello fue incontenible.
Ya llevaba tiempo aguantando a esta compañera de trabajo. Gritaba por toda la oficina, daba órdenes a todo el mundo. Se creía Dios. Hacía y deshacía a su antojo, sin respetar el trabajo de nadie.
Llegó a la cocina, mientras preparaba mi almuerzo, a decirme que tenía que hacer cambios urgentes a un trabajo en el que ella se había equivocado al dar las instrucciones. Le dije que no, que era mi horario de almuerzo, que lo vería después. Me respondió "es que no, tienes que hacerlo ahora, que es urgente". Le volví a replicar que no lo haría y que me dejara comer. Se acercó, me tomó del hombro y me dio vuelta para que la mirara. En ese momento el tenedor ya estaba en su cuello. No lo notó inmediatamente. Creo que recién supo lo que pasaba cuando sintió la sangre tibia en su pecho. Trató de gritar por ayuda, pero la sangre ya estaba en su tráquea. Cayó al suelo. Se notaba en su mirada la frustración de darse cuenta que no era Dios, que era una simple mortal.
Derrotada en el suelo tomó mis pies como un último impulso de sobrevivir.
Después de unos segundos el burbujeo de la sangre en su garganta cesó.
Limpié la cocina y la llevé al río que está frente a nuestra empresa.
Lo bueno de estas fechas es que nadie anda por la calles, están todos de vacaciones. Las mías son a fines de enero y principios de febrero. Por fin descanso.