Anzuelo

| 1.19.2009

Ladraba y ladraba toda la noche. Ya le habían dicho a esa persona que no se permitían mascotas en el edificio pero no entendía.
El maldito animal me mantenía despierto hasta la mañana. Había llegado a un punto en que era inaguantable.
Después de hablar con el administrador del edificio y darme cuenta que no tenía la más mínima intención de solucionar el problema decidí hacerlo a mi manera.
Una noche, muy tarde, esperé en mi balcón a que dejaran al perro en su casita, justamente en el balcón de ese departamento. Estaba un piso más arriba que el mío. Empecé lanzando un pedazo de carne con un anzuelo de pesca. El animal lo tomó con su hocico y quedó enganchado casi inmediatamente. Tiré de la cuerda y el perro cayó del balcón. No dejé que tocara el suelo, lo subí nuevamente y le saqué el anzuelo de su boca. Ahora sí lo dejé caer. Rebotó como dos veces. Un charco de sangre se formó y estuvo así toda la noche hasta la mañana siguiente, cuando un grito despertó a todos en el edificio. Acusaron la irresponsabilidad de la señora por tener a ese pobre animal viviendo en un balcón. Y el administrador del edificio estuvo por lo menos una semana sacando la mancha de sangre donde había caído el animal.
Ahora las noches son más tranquilas.