Conserje

| 6.23.2009

Este tipo ya estaba cayendo en lo mismo que hizo el anterior. Simplemente no hacia su trabajo. Entre todos le pagamos el sueldo y él no cumple.
Lo único que mantenía limpio era la entrada del edificio, pero ni hablar de los pasillos y menos del ascensor. Un olor putrefacto invadía a cada uno.

Eran solamente las 7 de la tarde, pero gracias al invierno, ya estaba oscuro. Invité al flojo de mi conserje a tomar una cerveza. Le dije, irónicamente, que se lo merecía. Mientras caminábamos hacia el bar que él siempre frecuentaba, le dije que su trabajo era pésimo y le sugerí que ojalá no volviera más. Se molesto y me elevó la voz. "Parece que la verdad duele", le dije. Se dejó llevar por su ira y me lanzó un puñetazo. Hombres más jóvenes y con mejor estado físico habían tratado de golpearme sin mucha suerte. Él menos lo haría.

Después de lanzarme el golpe, lo empujé para que cayera al suelo. Mientras estaba de espalda tirado, le di un fuerte golpe en el pecho. No lo aguantó, su corazón se detuvo casi inmediatamente. Quedó con una mirada perdida. Nunca me había salido tan fácil.

Lo lancé al canal. Un borracho más, un borracho menos ahogado importa bien poco creo yo. Menos suciedad en la calle.