Cortacartón

| 6.02.2009

La tomé del pelo mientras trataba de escapar. Un pedazo de cuero cabelludo quedó en mi mano. Ella sabía lo que le iba a pasar, no sé cómo averiguó quién era yo y a lo que me dedicaba secretamente.
Lancé su cabellera ensangrentada al suelo y traté de alcanzarla. A pesar de tener la cara bañada en sangre, ella seguía corriendo, tratando de aplazar lo inevitable.

Después de unos segundos la alcancé, la tiré al suelo. Me miró como pidiéndome compasión. Yo no tengo de eso.

Su hora iba a llegar tarde o temprano. Ella era mi compañera de oficina, la nueva, la que no sabía hacer bien su trabajo y que por culpa de ella yo debía quedarme hasta más tarde para arreglar todos los problemas que había hecho durante el día.

Inepta. Le dije que renunciara, pero sencillamente no me hizo caso. Ahora por tratar de chantajearme y por imbécil le tocaba morir.

Me saqué la chaqueta y le dije que se calmara, que todo iba a terminar muy luego. Le dije que esto lo debería haber hecho hace mucho tiempo, que si no fuera por su estupidez e ineptitud, todo habría salido mejor para ella.

Se largó a llorar. Tomé un cortacartón de la mesa de trabajo y le corté la garganta. Justo habían cambiado la hoja del cuchillo así que el corte fue limpio y rápido. Creo que ni siquiera lo sintió. Trataba de seguir llorando pero la sangre en sus pulmones no la dejaban.

Limpié todo, ordené la oficina y tomé su cuerpo. La fui a dejar donde siempre, en el río.

Mañana será un día fantástico, me podré ir temprano.